Actualizado el: 15-03-2017

Artículo de Javi López publicado en http://www.politicaexterior.com/actualidad/geopolitica-del-caos/

El nuevo desorden mundial toma forma mientras las especulaciones dejan paso a las órdenes ejecutivas. El cóctel de repliegue reaccionario (Donald Trump, Brexit) está imponiendo un cambio de guardia en las relaciones internacionales y dejando patas arriba al hemisferio Norte. El consenso neoliberal, económico y geoestratégico, se ha roto pero ha dejado tras de sí un océano de incertidumbre. La administración Trump se ha mostrado hostil a la integración europea y afín a Vladimir Putin. Xi Jinping “salva” el foro de Davos y se convierte en el abanderado de la globalización. Una ola de nativismo proteccionista puede dar paso a guerras comerciales con graves consecuencias. El 2017 es el año con mayor riesgo político desde el fin de la Segunda Guerra mundial, según Ian Bremmer. Veamos.

Entre el decisionismo americano y el autoritarismo ruso

Estados Unidos inicia una etapa con tintes de aislamiento y unilateralismo. Compromete el bloque atlántico, centro de gravedad del siglo XX, mientras busca una nueva “relación especial” con el Reino Unido del Brexit, fantasea con la desaparición del euro y califica a la Unión Europea de “vehículo” de Alemania. Desprecia las organizaciones supranacionales salvaguardas del multilateralismo, al mismo tiempo que empieza una escalada de tensión con China que puede acabar en deflagración: ese es el mayor riesgo que afronta el mundo.

En el interior su democracia inicia un nuevo capítulo en forma de dezisionismus schmittiano. Un poder soberano que no responde ante el normativismo legal ni la discusión racional. Sin contrapoderes ni intermediarios, sin jueces ni prensa. En el ámbito económico se avecinan muros comerciales. Al tanto, porque ¿qué tienen en común los blancos de los ataques del nuevo presidente: México, Alemania y China? Son grandes potencias exportadoras. Las hostilidades de la Casa Blanca son reflejo de una de sus mayores debilidades: su déficit por cuenta corriente. Y uno de los mayores desequilibrios macroeconómicos globales. De nuevo, economía y relaciones internacionales se entrelazan.

La Rusia de Putin se siente fuerte y tiene razones para ello. Tras una pérdida de dominio paulatina del estratégico anillo de tierras (Spykman) ha demostrado estar dispuesto a todo, ciberguerras incluidas, por mantener sus posiciones. Todos sus últimos movimientos en el Cáucaso, Ucrania o Siria han acabado en aumento de influencia. El autoritarismo de Putin ha orillado sus problemas económicos y parece que los resultados electorales del mundo occidental le sonríen.

Ahora con una administración americana más que favorable, espera que las sanciones comerciales se alivien o eliminen. Trump y Putin hablan el mismo lenguaje y han quedado patentes sus conexiones. Pero mucho cuidado: EEUU puede estar buscando usar al Kremlin contra el gigante asiático, tal y como Kissinger hizo a la inversa durante la guerra fría. Un nuevo anclaje para taponar, esta vez, el ascenso de China. Trump es un personaje peligroso, folclórico y ridículo, pero sería bueno no tratar de estúpido todo lo que haga.
El océano Pacífico se calienta mientras Oriente Próximo arde

China es la gran obsesión del nuevo inquilino del Despacho Oval. Un gigante que ya ha subido a los altares de la economía mundial, acumulador masivo de oro e inversor estratégico en África, Asia central y América Latina. Y ahora ya no quiere tan solo aceptar las reglas, quiere dictarlas. Su cautela ha ido dejando paso al incipiente intento de imponer su propia doctrina Monroe en Asia-Pacífico; algo que parece no estar dispuesto a aceptar EEUU y para lo que cuenta con sus históricos aliados regionales: Corea del Sur y Japón.

Las relaciones entre EEUU y Japón viven una segunda luna de miel. La pareja que forman Shinzo Abe y Trump tiene intereses comunes, China, pero hablan lenguajes diferentes. Para entender por qué no se percibe en Tokio un acercamiento a Trump como amenaza hay que mirar en su política interna. Japón es un país homogéneo, sin inmigración, extrema derecha ni pulsión reaccionaria, y a diferencia de Europa no tiene miembros de la Internacional Trumpista en su Parlamento.

En el aire queda el futuro del conflictivo gran Oriente Próximo y la reincorporación del pivote iraní (Kaplan) a la escena internacional. Falta saber si Moscú podrá modificar la retórica de Washington en este campo. La competición político-religiosa entre Irán y Arabia Saudí explica buena parte de los conflictos abiertos: Yemen, Irak o Siria. EEUU puede tener la tentación de usar una de estas guerras subsidiarias (Yemen) para reivindicarse en la zona junto a su socio saudí.

Mientras tanto, una nueva Turquía otomana se ha afianzado como potente actor regional y los implicados en la victoria militar de Bachar el Asad –Rusia-Irán-Hezbolá– decidirán el futuro del país. Un Israel aislado pero encantado con el nuevo commander in chief proseguirá una política de asentamientos ilegales que imposibilita la solución de los dos Estados. Una región en llamas y en profunda transformación que continúa distorsionando el futuro de Europa.

Europa ante su prueba más dura

El viejo continente puede ver las cambiantes relaciones internacionales como una fiesta a la que no le han invitado. Fragmentado y atemorizado se queda sin el paraguas atlántico, sufre la peor resaca de la Gran Recesión y un año electoral de infarto. El mayor riesgo es que una gran troika formada por Washington, Moscú y Pekín encuentre un nuevo equilibro internacional sin contar con Europa e imponga con fórceps una Ostpolitik II.

Al mismo tiempo, los europeos tenemos la oportunidad de ocupar el enorme espacio que dejan unos EEUU en repliegue y un mundo en búsqueda de referencias. Podríamos ejercer en solitario como defensores de los valores de la Ilustración: Estado de Derecho, democracia, deliberación, tolerancia y sociedades abiertas. Continúan siendo valores atractivos y luminosos, pero hasta las buenas ideas necesitan ser defendidas. Para ello la UE debe restituir un modelo social resquebrajado y dotarlo de un escudo en materia de seguridad y defensa. Pasado el impasse electoral necesitamos activar una Europa flexible, a varias velocidades, que desatasque el proceso de integración y acabe con el paralizante tira y afloja de las capitales.

Es más necesario que nunca buscar aliados que compartan nuestra visión del mundo: normas, diálogo y multilateralismo. Nuestras relaciones con América Latina y Canadá cobran un nuevo significado. Debemos combatir el repliegue espasmódico y hacerlo de la mano del nuevo secretario general de Naciones Unidas, una pieza clave, el portugués António Guterres. Nos conviene encontrar un nuevo equilibrio con Rusia y estrechar lazos con China. También habrá que estar muy atentos a la candidatura a canciller del socialdemócrata y europeísta Martin Schulz. Su victoria sería todo un revolcón en la fuerza hegemónica del continente.

Entre el decisionismo de Trump, el autoritarismo de Putin y el capitalismo de Estado de Xi Europa tiene el deber de proteger su legado: democracia liberal y mercado con rostro humano. Libertades individuales y protección social. Preservar la dimensión política y reconstruir la dimensión social del proyecto ilustrado. Ese es también el perímetro de juego de la socialdemocracia europea (Vallespín). Un humanismo inteligente que haga bandera de la alteridad ante la vuelta a la tribu, los muros y los chivos expiatorios.

Sabemos desde la Historia de la guerra del Peloponeso que la conducta humana está guiada por el propio interés, el miedo y la defensa del honor. Parece que las relaciones internacionales están volviendo a su punto primigenio. Pero no olvidemos que la geopolítica contiene larvadas guerras de ideas. Está por decidir si tendremos un mundo ordenado por el orgullo de la hybris o la fuerza de la razón.