Actualizado el: 28-02-2017

Artículo publicado en eldiario.es

La vida de muchos europeos se asemeja a los campos de California que describía Steinbeck en Las uvas de la ira. “No hay más que dolor cubierto de piel” decía uno de sus personajes. En la UE viven 119 millones de personas en riesgo de pobreza o exclusión social. No es de extrañar que su ira haya acabado tomando forma de insurrección electoral.

Hagamos un breve control de daños. Clase media maltrecha. Grave repunte de la desigualdad en la Europa meridional. Divergencia rampante Norte/Sur que dificulta los consensos políticos internos. Mercado laboral gripado que ha dejado de ser fuente de seguridad y bienestar amenazado por la digitalización y robotización. Pero sobre todo y ante todo, para muchos, el futuro ha dejado de ser un lugar deseable.

¿Las causas? Nos son pocas. La gran recesión. Un andamiaje monetario deflacionista e incompleto. Un cóctel económico tóxico (austeridad y devaluación interna). Una globalización sin suficientes amortiguadores de compensación. En definitiva, la nueva piel del capitalismo; hipertrofia financiera, creciente desigualdad e internacionalización de los mercados (Costas y Carlos Arias).

¿Qué ha fallado? Las hojas de ruta de la UE en materia socio-económica han acabado en sonoro fracaso: la Agenda de Lisboa y la Estrategia Europa 2020. Sin instrumentos financieros y vinculantes han topado con la apisonadora macroeconómica y con una crisis para la que no estábamos preparados. Este fracaso ha cimentado la imagen de la Bruselas antipática e insensible.

Fruto de esta realidad, y no pocas presiones políticas y electorales, las instituciones comunitarias tienen sobre la mesa la creación de un Pilar Europeo de Derechos Sociales. Un Pilar Social que tenga como objetivo apoyar a los Estados del Bienestar nacionales, fortalecer la cohesión, convergencia y solidaridad en la Unión, reducir la pobreza y la desigualdad y ayudar a la disfuncional zona Euro. Reequilibrar la dimensión social y económica de la UE. Intentando con ello recuperar simpatía y adhesiones a un proyecto de integración muy debilitado.

Para conseguirlo se pretenden actualizar los estándares de protección social y condiciones de trabajo. Hacer frente a la precarización y pérdida de trabajos tradicionales. Poner en marcha nuevos instrumentos como la Garantía Infantil (contra la pobreza), una prestación por desempleo europea, un esquema europeo de salarios mínimos o una Garantía de competencias para la (re)incorporación al mercado laboral. Y mejorar antiguos instrumentos como la Garantía Juvenil o las normas sobre permisos parentales.

Del éxito o fracaso de este invisible proyecto le va a la UE parte del poco crédito que le queda. Para que no acabe en una nueva lista de buenas intenciones deberá dotarlo de herramientas específicas: legislación, mecanismos de políticas públicas y recursos. Está en juego introducir una dimensión social al Semestre Europeo. El poderoso mecanismo de coordinación de la política presupuestaria y de reformas de la Unión que ha funcionado hasta ahora como una camisa de fuerza fiscal. Esa será una de las claves. De lo contrario el repliegue reaccionario y la perforación de los consensos ilustrados continuará.

En marzo la Unión volverá a reunirse en Roma para diseñar su enésima hoja de ruta. Una nueva cumbre borrascosa; entre dudas existenciales, amenazas externas y un calendario electoral no apto para problemas cardiacos. En una fecha y un lugar simbólicos (60 años después del Tratado de Roma) se decidirá sobre la supervivencia del maltrecho modelo social europeo. Y con ello, estabilizar nuestra democracia aplacando la ira de los electores.