El Vietnam de Trump: Por qué la firma en Versalles con Irán es su rendición estratégica

La firma del acuerdo de paz entre Estados Unidos e Irán en Versalles no es un triunfo diplomático, sino la firma de una capitulación. Donald Trump declaró una guerra ilegal, absurda y cruel con el ambicioso objetivo de forzar un cambio de régimen en Teherán y reconfigurar por completo Oriente Medio. Tras casi cuatro meses de un conflicto devastador, ¿qué ha conseguido realmente? Absolutamente nada. De hecho, esta aventura militar pasará a la historia como uno de los mayores errores estratégicos de la política exterior estadounidense en décadas: es, sin paliativos, el Vietnam de Trump.

Una guerra inútil que fortalece al régimen iraní

El balance de esta guerra es desolador y pone en evidencia el monumental error de cálculo de la Casa Blanca. La intervención armada no ha debilitado al régimen teocrático, no ha estabilizado la región y, desde luego, no ha traído la democracia a Irán. Al contrario, el régimen iraní sale de este conflicto más fortalecido que nunca, con una enorme capacidad de presión sobre la comunidad internacional gracias a su renovado control sobre las cadenas energéticas globales.

El acuerdo alcanzado es, sin duda, una noticia positiva porque detiene la pérdida de vidas humanas, pero es extremadamente frágil, provisional y dependiente de actores tan incontrolables como Benjamín Netanyahu. Además, el memorando deja en el aire cuestiones críticas para la estabilidad a largo plazo que aún deben decidirse: la consolidación de una paz duradera en el Líbano, el futuro del programa nuclear iraní o la garantía permanente de apertura del Estrecho de Ormuz para el comercio global.

Europa vuelve a pagar la factura

Nos vemos obligados a asumir las consecuencias económicas, energéticas y migratorias de un conflicto en cuya decisión de participar nunca fuimos consultados. Es una muestra más de la necesidad de que la Unión Europea construya una autonomía estratégica real para no ser un mero espectador pasivo ante las decisiones unilaterales de Washington.

Sin embargo, conviene recordar que no todo el mundo se sumó al entusiasmo belicista. En un contexto internacional dominado por la retórica de la confrontación, el presidente del Gobierno de España, Pedro Sánchez, junto a un reducido grupo de líderes internacionales, mantuvo una postura firme y valiente desde el primer momento: un rotundo «no a la guerra». Advirtieron con lucidez sobre las desastrosas consecuencias de esta aventura militar y cómo acabaría desgastando la influencia occidental. Hoy, el tiempo y los hechos les han dado la razón.

La paz no se logra con bombardeos unilaterales ni con estrategias de máxima presión condenadas al fracaso. Se logra con diplomacia multilateral, respeto al derecho internacional y realismo político.