Este 24 de febrero se cumplen cuatro años desde que Rusia lanzó su brutal, ilegal e injustificada guerra de agresión a gran escala contra Ucrania, una agresión frontal contra la soberanía de un Estado independiente y contra los principios más elementales del derecho internacional. Cuatro años de destrucción, de masacre y de sufrimiento que desgraciadamente parece haberse vuelto cotidiano en el corazón de Europa. Pero también, cuatro años de valiente resistencia que ha asombrado al mundo y que nos recuerda a diario el valor de la soberanía.
Como diputado y Vicepresidente del Parlamento Europeo, he defendido siempre una respuesta europea firme, contundente y unitaria ante el mayor desafío a la paz y a la seguridad del continente desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Hoy, en este sombrío aniversario, es más necesario que nunca reafirmar nuestro compromiso con Ucrania y reflexionar sobre las lecciones que este conflicto nos impone como europeos. La guerra de Putin no es solo un ataque contra un país soberano; es un ataque directo a nuestro modelo de sociedad, a nuestra arquitectura de seguridad, a nuestros valores y al orden internacional basado en normas que durante décadas hemos construido.
La dignidad de un pueblo ante la barbarie
Lo que más impresiona, tras 1.461 días de guerra, es la inquebrantable dignidad del pueblo ucraniano. A pesar de la devastación, de los crímenes de guerra documentados y de la constante amenaza sobre sus vidas, los ucranianos no se han rendido. Su lucha por la supervivencia e integridad territorial de su país se ha convertido en un referente de la defensa de los principios que sustentan a las democracias liberales.
Putin esperaba una victoria rápida, una “guerra de cuatro días” que fracturaría a Occidente y doblegaría a Kiev. Se equivocó. La resistencia ucraniana, tanto militar como civil, ha demostrado que la voluntad de un pueblo libre no puede ser aplastada por la fuerza bruta. Esta resistencia, sin embargo, tiene un coste humano aterrador. Aunque las cifras exactas son difíciles de verificar, hablamos de decenas de miles de muertos y millones de desplazados.
El despertar estratégico de Europa
Si algo ha provocado la agresión de Putin, en contra de sus propios intereses, ha sido la cohesión de la Unión Europea y la revitalización de la OTAN. La guerra nos ha obligado a despertar de una larga complacencia estratégica. Hemos comprendido, de la forma más dura posible, que la paz y la seguridad no pueden darse por sentadas ni externalizarse.
Sin embargo, este despertar no puede quedarse a medio camino. La situación actual, con un frente prácticamente estancado y unas negociaciones de paz instrumentalizadas por actores externos, nos sitúa ante una encrucijada. Las recientes conversaciones iniciadas por Donald Trump con el Kremlin, al margen de Ucrania y de Europa, son una señal de alarma que no podemos subestimar. Nos recuerdan una lección histórica fundamental: si no eres parte de la mesa, puedes terminar siendo parte del menú.
Por eso, hoy más que nunca, debemos insistir en la necesidad de construir una verdadera autonomía estratégica europea. No se trata de dar la espalda a nuestros aliados tradicionales, sino de asumir nuestra responsabilidad como actor global. Una Europa más fuerte en materia de seguridad y defensa es también un socio más fiable y un pilar más sólido para la Alianza Atlántica. Nuestra seguridad no puede depender de las dinámicas políticas y electorales de terceros países. Debemos ser capaces de defender nuestros propios intereses y valores, con una sola voz y con capacidades propias.
El único camino: una paz justa basada en el derecho internacional
En este contexto, es fundamental no caer en falsos dilemas. La asistencia militar a Ucrania no es un obstáculo para la paz; es la condición indispensable para que un día pueda haber una negociación justa. Como hemos sostenido en repetidas ocasiones, no estamos ante un conflicto simétrico. Hay un agresor, que es la Rusia de Putin, y un agredido, que es el pueblo de Ucrania. No hay lugar para frases hechas como “dos no se pelean si uno no quiere”. Es una evidencia obvia que una de las dos partes está defendiendo su propia existencia.
Cualquier propuesta de paz que no parta del respeto a la soberanía y la integridad territorial de Ucrania, tal y como establecen las fronteras reconocidas internacionalmente, no es una propuesta de paz, sino una legitimación de la agresión. Debemos ser firmes en la defensa del derecho internacional, aplicándolo con el mismo estándar en Ucrania, en Gaza o en cualquier otro lugar del mundo. La credibilidad de Europa como actor global depende de nuestra coherencia.
Cuatro años después: un compromiso inquebrantable
Cuatro años después del inicio de la invasión, el camino sigue siendo difícil. La guerra se ha enquistado y la fatiga amenaza con hacer mella en la determinación de las sociedades europeas. Pero no podemos flaquear. El futuro de Ucrania es nuestro futuro. Su seguridad es nuestra seguridad.
Cuatro años después, el pueblo ucraniano continúa resistiendo con una dignidad, una valentía y una determinación que conmueven y obligan. Su lucha no es solo por su territorio, sino por su libertad política, su identidad nacional y su derecho a escribir su propio destino. Frente a la violencia y la destrucción, Ucrania ha demostrado una extraordinaria fortaleza cívica y moral.
Por ello, desde el Parlamento Europeo, seguiremos trabajando sin descanso para reforzar nuestro apoyo financiero y militar a Kiev, para aumentar la presión sobre el Kremlin con sanciones efectivas y para garantizar que los responsables de los crímenes de guerra rindan cuentas ante la justicia.
La historia nos juzgará por nuestra respuesta a este momento crucial. La Unión Europea seguirá a su lado el tiempo que sea necesario. En Ucrania se dirime algo más que una guerra regional: allí se pone a prueba la vigencia de un orden internacional basado en normas, la seguridad del continente europeo y los valores democráticos que lo sostienen. Defender a Ucrania es defender la paz, el derecho y la libertad en Europa.



